Mientras escucho el que ahora es mi tema favorito y recorro blogs al azar de next blog, recuerdo que hace muchos años, cuando comenzábamos a manejar mails y mi papá se lanzó a su primera dirección electrónica, descubrí las mejores crónicas de la vida cotidiana que leí never ever. Mi papá no sabía manejar la cuestión del correo y yo, cuando quería, lo ayudaba. Un día descubrí los relatos que le enviaba un paciente que se había ido a vivir al exterior. Me hice adicta a esos mails que contaban los detalles de la música nacional que sonaba en autos alquilados manejados en rutas extranjeras. Recuerdo el nombre frío, muy frío, de la chica que le gustaba. Sus temores y sus formas de adaptación. Eran relatos de oraciones cortas, secas, con mucho verbo. Parecían de Carver, quizá. Si encontrara esos mails los compilaría o los publicaría en secreto en un blog anónimo. O no me animaría.
De relato en relato, vuelvo al de ayer. Un personaje mítico aparece en la voz de Ch. cada vez más seguido. Pedro. Alguien que yo podría jurar que no existe pero a quien no dudaría en reconocer si lo cruzara alguna vez. Habla de capoeira, rodas, enfrentamientos con mucho más de cuerpo que de palabras (pero cuánto de retórica...?). Pienso en performance (porque yo soy tan educada... -hasta el hartazgo). Ch. habla de Pedro y yo -no es la primera vez- pienso en algunos relatos gauchescos. Quizá Moreira: el que no muere nunca hasta que muere. O el que muere sin morir. Pedro llama a las personas por lo que son y maneja una verdad que es de temer. Mientras muchos tenían apodos al menos camaleónicos, a Ch. le dedicó uno muy breve pero que encierra el absoluto. En el extremo ya hay algo que habla de él, más allá del sentido literal primero.
Me pregunto cómo sería para mí encontrar un personaje así. Y qué nombre me pondría.
...viene a mojarse los pies a la luna...