Varios días, ¿cuatro?, sin blog, y se confirma su existencia por la existencia de la oficina. Oficina y escritura, relatos de la experiencia por fuera del horario laboral. Pero no quiero contar nada, no sé qué pasa, miedo de que el relato anule la experiencia o la devenga sólo relato, apenas sueño, miedo de haber creído algo que no es, y no sabés, lindo, cuantas ganas de que sí.
Cuando yo lloraba y preguntabas miedo de qué, el corazón latía fuerte en tus manos y aquello de sivava,ysino,no se desvanecía en un montón de deseos que a esta altura, sino,no, me dejarían desnuda en mitad de la calle, como volví a soñar el domingo en tu cama. Pero eso no lo voy a contar, prefiero el silencio en los ojos negros para sumar ramas al nido.
Sí el sábado a la noche. Taxista alemán contando chistes de gallegos, ¿en alemania también se cuentan chistes de gallegos?, preguntó alguien, el taxista dijo no, y cuando alguien más preguntó entonces de qué, yo dije, como obvio, de judíos y los judíos nos reímos, borrachos, y yo no comprendí por qué.
O el domingo. El parque Rivadavia. La alegría de poder mirar libros, como si en eso estuviera, en ese momento, toda nuestra afinidad. Una torta después, el partido, leer juntos, una película, la cena.
No quiero contar pero cualquier relato me devuelve ahí, el taxista y el Parque Rivadavia, la banda del amigo, viernes en el planetario, un encuentro con el celestino que nunca se enteró de que tuvo algo que ver con esto, los besos en los hombros.
Pienso que no tengo tiempo ni tranquilidad de acomodar mejor las palabras, la escritura de la angustia es mejor,
lo pendiente es encontrar la poética de los días felices.
...viene a mojarse los pies a la luna...