Llego nueve y diez y nueve y cuarto alguien me grita por teléfono, confundido, enojado, me grita, me culpa, quisiera insultarme, lo sé, pero no se anima, y yo no puedo ayudarlo, se lo explico pero no me cree. Además, el aire acondicionado que estropea mi garganta, cada vez peor, recién es martes, después de un lunes muy lunes, tránsito loco y llegadas tarde, una actividad tras otra, tareas que serán perpetuas durante toda la semana. Escribir en la oficina ya no tiene posibilidad de ser poético. Prefiero la ventana del piso trece pero a la noche estuve agotada. Un domingo hermoso es demasiado contraste con un lunes tan lunes y con un martes que empieza a los gritos, ¿por qué?, ya no tengo fuerzas y apenas queda un resto de malhumor con mucho de resignación para escuchar otros reclamos y encarar otras cosas. De la resignación no tardo en llegar a la angustia, no quiero esto para mí, no quiero atender llamados de gente loca ni trabajar para nadie. Y escribir sobre esto me parece lo peor.
Decíamos que octubre es un mes difícil: ya pasó el comienzo de la primavera pero todavía no es noviembre ni el fin de las actividades. Sólo se siente el cansancio y no sabemos de dónde sacar fuerzas para seguir. Las vacaciones son ahora algo que hay que decidir porque si queremos pasajes tenemos que sacarlos ya, por ahora es más presión que placer. Sólo las noches se ponen más lindas, y el domingo, la familia y vos, los libros, el cuadrado verde, el balcón y la ciudad ahí aquí.
...viene a mojarse los pies a la luna...