Desde hace días me lloran y me duelen los ojos. Me cuesta leer. Me lavo la cara después me baño pero sigue doliendo. Una amiga va a una fiesta en mitad de la semana y se pasa se pasa se pasa no duerme por más de treinta o cuarenta horas creo y no sabemos por qué pero se siente mal y nos preocupamos un poco no tanto. El que sabe le habla y acierta. Se tranquiliza ella duerme y al día siguiente se siente mejor.
Gente que quiere la gente que quiero se está por morir. Cunden las enfermedades en los de sesenta y pico. Los niños pasan ciertos riesgos pero se salvan.
A mi alrededor embarazadas y casamientos. Precios de alianzas (¿quinientos pesos las más baratas?) y proyectos de bebé si todavía que no están en la panza. Aborrezco los almuerzos en la oficina, las conversaciones de mujeres que me miran como si yo fuera rara por conversar con los varones de música y las fiestas de noviembre.
También cerca mío él se pone loco por las obligaciones académicas y a mí me agarra esa cosa de relativizarlo todo: nada de esto es importante. Ganas de decirle ¿a vos no te importaba cuando caían las bombas y ahora si promocionás o no? Nada de eso importa. Ni siquiera cuando me saqué un dos. Y eso que yo misma soy lo que más me importa en el mundo. Pero nada de lo que puede pasar en los próximos días, más allá de los nacimientos y las muertes, los pasajes guardados en el cajón, es demasiado importante. Lo que quiero decir es que relativizar eso quizá ayude a mejores resultados. Y sino seguro y en todo caso, la vamos a pasar mejor. Hoy a la noche. Saltando. Y cuántas ganas de bailar y olvidarlo todo. Que hay que estudiar y todo.
Bailar y bailar como si sólo así
pudiéramos calcular
la nueva medida de las cosas.
...viene a mojarse los pies a la luna...