El rito fue menos impresionante de lo que imaginé, quizá porque me senté lo suficientemente lejos, porque no miré justo ahí cuando lo hacían y porque el bebé no lloró tanto como esperaba.
La madre tampoco ocupó la primera ni la segunda fila. La vi conversando con otras chicas que estaban con ella mientras yo imaginaba lo difícil de mirar que toquen al bebé que hasta hace tan pocos días estuvo en la panza y que ahora pasa casi todo el tiempo en sus brazos. Cómo lo tocan y una no puede estar ahí para sujetarlo, contenerlo o sacarlo de allí en un impulso saludable. Ella conversaba mientras adelante el padre, los abuelos y el tío acompañaban al pequeño I. en su primer rito de iniciación.
Imágenes que hasta hace no tanto tiempo me eran indiferentes hoy son significativas. Él ahí con su familia, la kipá y el niño en brazos. Su gesto emocionado cuando íbamos por la calle. El primer regalo para el sobrino que en secreto elegimos los dos. Las palabras para decir que le gustó que yo estuviera ahí.
Todo eso que emociona y asusta al mismo tiempo: la posibilidad de no desear nada más.
...viene a mojarse los pies a la luna...