Dos encargados de edificio leen el horóscopo del Diario Popular. Son las ocho y media de la mañana y caminamos en silencio, pregunta por qué el silencio y no sé, creo que estoy repasando las tareas pendientes, o que no hay ninguna causa especial, quizá la hora, el sueño, las pocas ganas de hacer cualquier otra cosa que no sea estar así como estuvimos hasta hace unos minutos. Los encargados leen el horóscopo, ¿leerán el de sus mujeres también? ¿o el de sus hijas? Eso es muy de chicas, leer el horóscopo de ellos. Ellos los novios, los hijos, los ex y los que nos gustan. Creo que en la suma podríamos leer los doce signos del zodíaco.
En el colectivo, una chica se toca la panza. Es delgada pero su embarazo es evidente. Cuando pregunto responde que sí y entonces exijo que le dejen un lugar. Con la buena acción del día paso al fondo. Pocas cuadras antes de Canning y Corrientes reconozco primero a una chica y unos metros más adelante a un chico que no veo desde hace tiempo. De ella me acuerdo el nombre, me detengo en sus caderas, pienso en las mías. De él sólo recuerdo el apellido; es el hermano de alguien que conozco pero que ni siquiera llegó a ser amigo. Pienso en la palabra comunidad, en los apellidos, en los apellidos que se perpetúan, en los que no, en cómo me gusta cuando él me llama por mi apellido con ese tono que invita al juego.
En las primeras horas de la mañana el sol pega horizontal. A media mañana recibo un llamado y no sé bien cómo responder, qué decir, pero no quiero que la pases mal, sea como sea me doy cuenta de eso, de que no puedo hacer nada y de que otra vez no tengo ganas de ninguna otra cosa que no sea estar así como estuvimos hasta hace unas horas: casi todos los días, todo parece bastante salvaje por fuera del cuadrado que son los acolchados verdes.
...viene a mojarse los pies a la luna...