Ayer quise escribir la palabra "alegrando" y sin querer me salió su nombre. Nunca me llevé bien con los gerundios. Después le mostré a C. partes de una carta, nos lamentamos por lo perdido y más tarde, en la madrugada, soñé que me daba un beso. Insisto en la idea de la lengua materna. Incluso desterrada permanece en los sueños.
Cada tanto fantaseo con una vejez compartida pese a la certeza de que si hay algo que no podremos compartir es la vejez (honey, lo nuestro es un triste destiempo).
Lecturas místicas:
la sospecha es que luego del derrumbe nos encontraremos de pie uno frente al otro. En un cementerio o en un sueño. No habrá que dar explicaciones ni contar relatos. Quizá al final, como en un cuento bíblico, mis arrugas sean las suyas, confundidas como se confunde el final con el origen.
La fantasía es posible porque logramos escapar de la corrosión de la vida cotidiana: nos dejamos justo a tiempo para perpetuarnos ideales en el sueño del otro.
En los diálogos con Brecht, Benjamin dice que la verdadera medida de la vida es el recuerdo.
...viene a mojarse los pies a la luna...